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Chanel y Hollywood, el amor asimétrico

Tenemos la sensación de que Gabrielle Chanel, la francesa que mejor entendió la elegancia de la mujer moderna, triunfó en todo lo que se propuso, pero si nos adentramos en la bruma que custodia al mito entrevemos que ni su vida fue fácil, ni todo le salió bien. El amor asimétrico que le profesó el cine americano fue una de las decepciones más desconcertantes de todas las que tuvo que encajar a lo largo de su carrera. 

Todo empezó en 1930 cuando Samuel Goldwyn, uno de los fundadores de la Metro Goldwyn Mayer, decidió que Hollywood tenía que aliarse con la alta costura como fuese. Se había obsesionado con la idea desde que Ziegfeld, un empresario de teatro, le había asegurado que la razón principal de la que las mujeres de entonces fueran al cine era ver cómo iban vestidas otras mujeres. 

Fue el duque ruso Dimitri, un descendiente de los Romanov, que por entonces protegía a Chanel quien se la presentó a Goldwyn en Montecarlo. Aunque tardó casi un año en convencerla, finalmente consiguió que firmara un contrato por un millón de dólares. Una desorbitada cifra que Goldwyn daba por bien empleada: gracias a esa alianza esperaba poder mantener su productora a flote a pesar de la alarmante crisis que a principios de los 30 asolaba a Hollywood. El crack del 29 había debilitado gravemente la industria cinematográfica y, para colmo de males, el desembarco del sonoro en 1927 obligaba a doblar las películas que iban a exportarse a Europa con el consiguiente gasto y el riesgo de que una vez dobladas fracasasen. 

Una vez conseguido su objetivo, Goldwyn orquestó una campaña publicitaria, por todo lo alto, anunciando que la colaboración con Chanel representaba “una nueva era para el cine”.

Ella desvelaría “el secreto de todos los cambios inminentes y las mujeres estadounidenses podrían ver las últimas modas de París antes de que el mismo París las conociese«. Gracias a las películas de la MGM, las americanas, por primera vez en la historia, no tendrían que ir al rebufo de lo que las francesas con su elegante superioridad venían imponiendo al resto del mundo desde que Luis XIV hiciera de la capital de Francia la referencia incontestable del estilo. 

Ina Claire una de las protagonistas de Las Tres Rubias (Lowell Sherman, 1932) y Cocó Chanel

Ina Claire una de las protagonistas de Las Tres Rubias (Lowell Sherman, 1932) y Cocó Chanel

Chanel que entendía la moda como una expresión del espíritu de los tiempos (“La moda –decía- no existe solamente en la ropa: está en el aire, la trae el viento, se la presiente, se la respira, está en el cielo y en las calles, nace de las ideas de las costumbres, de las noticias”) estaba entusiasmada con la idea de que gracias al cine “sus trajes se pudiesen ver en todos los pueblecitos, ciudades y países del mundo”. Una ilusión que parecería infantil si no estuviese arraigada en la sincera preocupación que sentía Chanel por el cine americano, al que veía adoptar los dictados de la moda pero con escaso criterio. Con la seguridad apabullante del que sabe que tiene la solución en la palma de la mano, declaró a la prensa que ella sería la que daría las pautas y enseñaría a Hollywood cómo vestirse.  Estaba dispuesta a crear un “cinema style” en toda regla. 

Poseída por la fiebre del entusiasmo, Chanel llegó a California en abril de 1931 acompañada de la pianista rusa Misia Godebska, musa indiscutida del París de entreguerras que se había convertido en su mejor amiga desde que le ayudó a salir a flote tras la muerte de Boy Capel, el único amor incondicional que tuvo Chanel en su vida. Una vez instaladas en Hollywood, los estudios de la MGM pusieron a su disposición un taller con cien empleados dedicados exclusivamente a materializar sus ideas para las tres películas que incluía su contrato. 

Para la primera, una despreocupada comedia musical titulada Un loco de verano (Edward Sutherland, 1931), Chanel sólo pudo hacer algunos trajes ya que el rodaje se había iniciado antes de su llegada. En la siguiente, Esta noche o nunca (Mervyn LeRoy, 1931), diseñó ya todos los vestidos que luciría la protagonista, Gloria Swanson. La actriz, a quien intentó modernizar dándole un aire parecido al suyo, se sentía insegura y asustada ya que su acendrada reputación, que tanto le había costado labrar, se empezaba a resquebrajar por las dificultades que estaba teniendo para adaptarse al sonoro. Esa tragedia, que acabó con la carrera de tantos actores del cine mudo, empujó a Billy Wilder a convertir a Swanson en la demenciada protagonista de esa perla negra del cine clásico que es El crepúsculo de los dioses (1950).

Chanel en 1931

Chanel en 1931, el año en que su relación con Hollywood fue más intensa.

Para acabar de complicar más la situación, Swanson, por miedo a las represalias de los estudios, se empeñó en mantener en secreto durante los meses que duró el rodaje que estaba embarazada. El asunto dio a Chanel muchos quebraderos de cabeza ya que tuvo que ajustarle los vestidos varias veces y disimular con elaboradísimas fajas elásticas su estado. Las idas y venidas de Swanson a los talleres de París, donde la modista se había desplazado aprovechando que la película se rodaba en Europa, hicieron que la solapada tensión que existía desde el principio entre las dos mujeres acabase saliendo a flote. La actriz totalmente desbordada por la situación y las reprimendas de la francesa, llegó a decir que los trajes de Chanel no daban la talla en la pantalla. 

La última película de la MGM en la que Chanel participó, también desde su casa de París, el único sitio donde podía trabajar tranquila, fue Tres rubias (Lowell Sherman, 1932) para la que creó treinta conjuntos diferentes que se mantuvieron en absoluto secreto hasta el momento del estreno. 

Al terminar el rodaje, Cocó cansada de lo que a ella le parecían “intentos de encadenarla” y harta del mal gusto que campeaba en el estudio, se atrincheró en su casa de la Rue Cambon y no quiso volver a Hollywood. 

Goldwyn reaccionó con magnanimidad y elegancia y no hizo nada por retenerla. “The New Yorker” publicó que la modista francesa había abandonado porque sus vestidos no eran lo suficientemente glamurosos, lo cual en cierta modo era verdad, ya que Chanel detestaba la artificiosidad con que se vestían, dentro y fuera de la pantalla, las estrellas. 

De su paso por Hollywood, eso sí, les quedó a las actrices un gusto más moderno. Cuando Chanel regresó al mundo de la moda con la colección de 1954, su éxito en Estados Unidos fue imparable, gracias al apoyo, sobre todo, de Lauren Bacall y Katherine Hepburn que habían asimilado a conciencia su estilo. 

Pero para entonces ya era tarde. No se puede domesticar el fuego sin apagarlo. “Un apasionado es un atleta, no conoce el hambre, vive de milagro”, dijo Chanel una vez. Sólo el cine francés que sí supo respetar la irreductible pasión que sentía por su trabajo y su incapacidad para doblegarse al dudoso gusto de otros, por muy poderosos que fuesen, pudo ganarla para su causa.