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El éxito pasa y el prestigio se queda

Llegar caminando al pequeño pueblo de Getaria es como llegar al final de un camino. Sobre todo cuando el recorrido se ha realizado a pie, desde la vecindad de Zarautz. Los cuatro kilómetros que separan ambos pueblos son una suerte de preparación necesaria antes de acceder a las oscuras salas del Museo Balenciaga, donde las creaciones del arquitecto de la moda hablan por sí mismas, como cumbres magníficas, al rendido servicio de la Belleza.
La exposición, que celebra el 100 aniversario de su primera casa de costura, recoge cerca de 200 diseños cedidos por la millonaria filántropa Rachel Mellon al Museo poco antes de fallecer en 2014 a los 103 años. Rachel Mellon Collection estará expuesta hasta el 25 de Enero de 2018.

Para Coco Chanel, Givenchy, Emanuel Ungaro y Courrége, Balenciaga es el más grande diseñador de todos los tiempos. Christian Dior diría de él “con los tejidos, nosotros hacemos lo que podemos. Balenciaga hace lo que quiere”, reconociendo así la supremacía de un trabajador infatigable que llevó el oficio de la moda a su máxima expresión como forma de arte útil.

Carmel Snow y Diana Vreeland siempre destacaron la figura de Balenciaga que brillaba por encima de toda la moda francesa, como exponente de innovación y diseño creativo.
Hubert de Givenchy admiraba de tal manera al Maestro, que viajó a hacia París con tan solo quince años sin decir nada a su familia, para presentar su colección de bocetos a Cristóbal Balenciaga donde algunas clientas podían llegar a encargar hasta 90 vestidos cada temporada.

En la casa Balenciaga trabajaban entre las décadas de los 50 y los 60 cerca de 500 personas y en concreto cuando Bunny realizaba sus encargos, podían llegar a trabajar en sus pedidos hasta 50 profesionales, entre costureras, cortadores, probadoras y otros oficios. En bastantes ocasiones ella solicitaba que se realizaran tres o cuatro copias de un mismo modelo, para evitar tener que llevarlos al tinte o incluso, dejar uno en cada armario de sus múltiples mansiones y de esta manera no tener que hacer maletas.

Balenciaga estableció con ella una íntima relación de amistad sobre la base del respeto y la admiración mutua que se profesaban: los modales sencillos y elegantes de Mrs Mellon encajaban bien con el carácter aparentemente hosco del modisto que en las distancias cortas de la confianza se mostraba como era: amable, atento y sonriente. Existía entre ellos un clima de complicidad y distancia que pocas veces se da en la actualidad, al menos en el mundo de la moda, donde las relaciones han relajado las barreras de cortesía y educación que antes existían entre el profesional y el cliente.

Al llegar allí la responsable le echó, cosa de la que pronto él mismo se alegraría, por la torpedad de sus dibujos. Pasaron varios años hasta que comenzó a trabajar como modisto, siempre reconociendo en sus creaciones “el milagro Balenciaga” que lograba resolver los pequeños problemas de silueta de sus clientas con magnifica simplicidad, para lograr que cada mujer se sintiera bella.

Don Cristóbal tenía entre sus clientas del atelier de Rue George V de París, a las más ricas, hermosas y sofisticadas mujeres del momento. Rachel J. Mellon, Bunny, una millonaria norteamericana, amiga íntima de Jackie Kennedy, llegó hasta él por recomendación de Jean Schlumberger, diseñador de joyas en Tiffany. El modisto trabajó para Bunny desde el año 1954 durante algo más de una década, hasta que se retirara de la industria a la edad de 68 años. Fue precisamente durante la década de los 60, cuando Balenciaga alcanzaría una técnica depurada y perfecta que tango agradaba a las damas de la alta sociedad y las estrellas de cine.
Y es precisamente gracias a clientas como Bunny como Balenciaga llegaría a ocupar ese lugar en el Olimpo de la moda. Ella encarna una época dorada en las casas de alta costura, tejidos resistentes y ligeros para trabajar en el jardín, hasta magníficos vestidos de fiesta con las mejores telas de las casas francesas.

La paleta de color del Maestro estuvo presente en las creaciones que realizó para Bunny: gamas de azules, negros y marrones. Crudos para el invierno y por supuesto el rosa en distintas gamas, que tanto gustaba a Balenciaga y tanto le favorecían en los vestidos de fiesta. Bunny necesitaba al mismo tiempo prendas versátiles para una vida activa. Desde una gabardina para la lluvia con tejido cálido interior de cuadros, hasta vestidos ceñidos en la cintura para destacar su esbeltez incluso ya algo mayor. Siluetas modernas, globo y abullonadas para imponer una nueva moda que conviven con trajes de coctel de corte clásico.
Balenciaga marcó las grandes líneas de lo que será la moda en los años 60: él mismo era la tendencia. Su minimalismo y su gusto por la sencillez en las formas se perciben no sólo en su obra, sino en la de todos los demás diseñadores del momento que observaban con expectación sus nuevas colecciones y de alguna manera se inspiraban en ellas.

Las entrañables palabras con las que Bunny describe su último encuentro en el prólogo de un libro son reveladoras del profundo aprecio mutuo que se tenían. “Unos meses antes, Cristóbal Balenciaga había anunciado que cerraría su Maison de Courture de París y se retiraría a su España natal. Así que fue triste pero imperioso para mí acercarme a última hora de una tarde de verano, antes de salir para Virginia al día siguiente, a abrazar a este querido hombre. “El vestido no te encaja en los hombros, Bunny” fueron sus palabras de bienvenida. “Llama a Felicia” (Felicia era su principal probadora). Cuando ella llegó ya me había quitado el vestido y estaba sentada con una bata blanca de modelo. Había pedido que le trajeran tijeras, aguja e hilo.

Bunny, era el prototipo de mujer perteneciente a la aristocracia del dinero en los Estados Unidos, emprendedora y valiente; independiente. Sencilla hasta extremos sorprendentes: su lema era “nada debe llamar la atención”. Quizá fuera esa actitud humilde sobre sí misma la que le permitió congeniar de manera inmediata con Balenciaga.

No le bastaba con ser la rica heredera de una gran fortuna, sino que a través de su labor de filantropía y caridad se dedicó a invertir en todo tipo de obras de arte para hacerla crecer. Fue siempre una enamorada de la botánica y el paisajismo. Ella misma diseñó la rosaleda de la Casa Blanca cuando la habitaron los Kennedy y creó el precioso jardín francés del cháteau de Givenchy. Se consideraba a sí misma más una jardinera que otra cosa y hasta el fin de sus días regaba y podaba sus propias plantas.
La intensa vida protocolaria y social de la señora Mellon requería que alguien supiera hacerse cargo de su vestuario, y comprendiera los innumerables compromisos a los que debía asistir. Para ella Balenciaga diseñó desde amplias camisolas de tejidos resistentes y ligeros para trabajar en el jardín, hasta magníficos vestidos de fiesta con las mejores telas de las casas francesas.